Sunday, November 04, 2012

Guacha Motoris Causa


Miró el cadáver del mundo y pudo constatar que estaba muerto. No quedaba nada más que sus restos como si fuesen un rumor de lo que no fue. Una espuma que se veía borrosa detrás de la bruma. Él no sabe quien lo quiso así pero así se encuentran hoy las cosas. Él solo recuerda lo que quiso ayer. Quería el olvido y entonces ya no hay memoria de ninguna verdad, de ninguna mentira. Quería el abrazo tierno del hambre y, famélico, veía con la gelatina de los ojos, el sol alumbrando un paisaje de arena mordida por la mañana. Sin poder recordar nada siguió mirando ese silencio, ese paraje de niebla con su silencio, percibiendo que solo sus nervios le hacían ruido. No quiere dejar ese vértigo creador que lo habita pero no hay mucho ya para recopilar. Se mira su pecho que se mueve tibio en el medio de esta soledad. Todo parece quieto pero el viento sigue agitando la canción. Ya no tenía memoria y entonces podía ponerse a inventar recuerdos. Quiso recordar a alguien, a una mujer corriendo a encontrase el mar, corriendo y agitando los brazos como si quisiese volar, corriendo y riendo. Él le sonreía cuando ella se daba vuelta a mirarlo. Él estaba recostado en una silla clavada en la arena, reposando y sintiendo que tenía como cien años. Cien años alojados en su respiración de niño. Cien años de imágenes para alguien que se olvido de todo, que fue olvidado por todo. Una mujer que siempre va corriendo hacia el mar como si no lo pudiese alcanzar nunca. Como queriendo alcanzar todo un paraje inmenso con todo el hambre del mundo. Él quería que ese mar fuese un lugar para llenar de recuerdos inventados y que ella corra y lo alcance y se sumerja en toda esa agua que parece nada. El hambre y el olvido y toda la fiebre que ambos proponen, la fiebre entre la canción y el mar. El rumor que él inventa es la vida después del mundo, vida de ardiente esplendor cuando llegó el olvido del mundo, cuando el mundo finiquitó en su brutal estupidez. La vida que nace del hambre cuando se acabó el cobarde acopio de las nadas de todo el mundo. La risa dulce de la música en la vida sediciosa, seductora, salvaje. El hambre que propone embriaguez, el olvido que reinventa vida sabrosa. Él quiso la muerte del mundo para que nazca esta vida melodiosa. Y sobre el cadáver del mundo, recién allí, la vida pudo vivir.

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